El presidente de la Corte Suprema de Santa Fe, Roberto Héctor Falistocco, se refirió a su trayectoria, el rol del Poder Judicial y su retiro en noviembre durante una entrevista en el stream Política de El Ciudadano.
Roberto Héctor Falistocco nació en Juncal, departamento Villa Constitución, en 1941. Su padre fue peluquero del pueblo hasta el último día de su vida y su madre ama de casa. En 1966 llegó a Rosario a estudiar abogacía en la Universidad Nacional de Rosario (UNR), el mismo año del golpe de Estado liderado por Juan Carlos Onganía. Se recibió en 1974, fue secretario de Justicia y de Asuntos Legislativos durante el gobierno de José María Vernet, y en 1991 llegó a la Corte Suprema de Santa Fe, donde permaneció 35 años. Fue presidente del máximo tribunal en ocho oportunidades y encabezó el Tribunal Electoral en varias ocasiones, entre ellas la elección de 2015 que consagró a Miguel Lifschitz por 1.370 votos.
En una entrevista en el stream Política de El Ciudadano, Falistocco habló sobre su infancia en Juncal, su militancia estudiantil, la dictadura, el rol de la Corte, la oralidad como deuda pendiente y sus planes para después de dejar el tribunal. «El día que no haga el bolso para ir a jugar al fútbol, ahí sí que me voy a sentir mal», declaró.
Un pueblo que apuntaba a ser importante
Juncal, en el departamento Villa Constitución, tenía en 1941 unos 4.500 habitantes. Hoy no llega a 1.000. Tuvo dos hoteles en la década del 40, dos cines, y parecía destinado a crecer. «Creo que lo perjudicó el trazado de las rutas, que lo dejó sin poder conectarse con una ruta pavimentada y poder sacar la producción o movilizarse como cualquier ciudadano común», explicó Falistocco.
Su padre fue el peluquero del pueblo hasta el último día de su vida. Recordó las polémicas en torno a la revista El Gráfico y las «confesiones» de los clientes. En Juncal vivió su propio «Cinema Paradiso». En esa época, la luz se cortaba a las 12 de la noche. El cine funcionaba entre las 6 de la tarde y la medianoche. Cuando la película se interrumpía porque había que unir un rollo, el dueño del cine enviaba a alguien a avisarle a Jacobo, un alemán encargado de la usina, para que estirara un poco más el corte. «Yo era el encargado de salir corriendo. Corría muy rápido», recordó.
La vocación, la facultad y el golpe del 66
La vocación por el derecho surgió temprano. Su hermano mayor ya estudiaba abogacía, pero él cree que en la escuela misma ya había un despertar. «Era muy buena la escuela donde hice la primaria, y la secundaria en Alcorta también, con muy buenos profesores que nos hacían estudiar y razonar críticamente. Había un profesor que despertaba en el alumno la posibilidad de ir más allá de la mera repetición de la lección o el texto. Nos convocaba a razonar y pensar acerca de lo que estábamos diciendo, en historia o en instrucción cívica, como se llamaba entonces».
En 1966 llegó a Rosario. El 28 de junio de ese año se produjo el golpe de Onganía. «Gocé muy poco, seis meses de democracia», dijo. Desde muy temprano se despertó en él la militancia política, en el movimiento estudiantil. «Sufrimos las consecuencias de tener un gobierno militar. Fui, creo, la primera víctima del gobierno de Onganía: golpeado e internado algunos días en una manifestación que salió de la Facultad de Ciencias Económicas, en Oroño y 3 de Febrero, porque íbamos hacia el centro. Sufrimos una represión policial dura. Después tuve dos detenciones más. Pero no estoy arrepentido para nada».
El terror de la dictadura
Se recibió en 1974, un año después de que se recuperara la democracia. Poco después vino la dictadura de Videla. «Esa fue terrible. No es que no haya habido represión con Onganía, pero hay que reconocer que fue mucho menos dura que la dictadura de Videla. Se vivía sintiendo el terror. Uno se iba a dormir intranquilo porque fueron años en que no se sabía qué podía pasar. Pero bueno, se vivió como se pudo. Algunos se fueron, otros nos quedamos. Algunos la pasaron mucho peor que cualquiera de nosotros, se tuvieron que ir del país. Pero los que nos quedamos no vivíamos en un paraíso. Los abogados tuvieron gente secuestrada y asesinada».
La imagen de la Justicia
Sobre la percepción que la sociedad tiene de la Justicia, advirtió: «En cuanto a la imagen, es cierto, no gozamos de una imagen como nos gustaría tener, tampoco la tienen las instituciones en general. No para cobijarme en una respuesta escapatoria, pero en realidad en el mundo también pasa. El Poder Judicial tiene sus particularidades: empezando que lo que nosotros resolvemos es un conflicto entre partes y obviamente hay un 50% que gana y un 50% que pierde. No nos va a aplaudir el que perdió, ni esperamos tampoco que el que ganó nos aplauda. Hace silencio y nada más. Nosotros tampoco estamos para explicar cada fallo que sacamos. Puede haber alguno que tenga algún ribete especial y sea necesario explicarlo, pero el quehacer diario no lo podemos estar explicando todos los días».
Sobre la alta litigiosidad, confirmó que la tendencia se mantiene en crecimiento. «La justicia tiene que resolver desde el perro que hace sus necesidades en el palier del edificio, un problema del consorcio, hasta resolver el valor de la moneda después de la crisis del 2001, cuando la sociedad le vio la cara a la anarquía y los contratos hechos pedazos. Terminó fijando la Corte nacional, presidida por algunos fallos también de las cámaras de la provincia, pero la Corte nacional en el caso del Banco Central fijó el valor de la moneda. De algo muy insignificante a semejante fallo. Normalizó con su fallo la vida civil, porque la anarquía es una guerra civil. Si vos ibas a comprar algo y no te ponías de acuerdo con el precio, es probable que terminaras a las trompadas. Entonces ese rol de armonizador, de componedor, de desactivar como si fuera un imán los conflictos, es muy fuerte y hay que hacerlo con mucha responsabilidad. No esperamos aplauso, pero el juez en realidad hoy se ha convertido, para mi gusto, en un ingeniero social».
Y aclaró: «Porque compone todos los problemas de la sociedad. Los familiares, los contratos laborales, los empresarios, los problemas de familia. Estamos inundados de temas familiares. Una familia que se desarma, la mayoría de las veces termina en el tribunal, ya sea por la discusión de los chicos, por la relación de los padres con los hijos. Todo eso hace a la vida de los hombres y las mujeres de una sociedad. Y en eso, un ingeniero que trata de ir recomponiendo todo eso que se parte o se enfrenta. Esa es la alta misión que tienen los jueces, que no es poca cosa. Aspiramos a mejorar. Hemos tratado de comunicarnos más con la sociedad. El juez no habla solo por la sentencia, aunque tiene que ser muy prudente, no vivir permanentemente en el micrófono, para mi gusto y mi forma de ser. Solo aquellos casos que realmente demandan una explicación por parte de un juez, pero hay casos muy puntuales».
Falistocco también respondió a las acusaciones del gobernador Pullaro al asumir su mandato sobre una Justicia «cara e ineficiente»: «Yo podría decir, por ejemplo, que en cantidad de empleados que tenemos en el Poder Judicial es la penúltima en la Argentina, de los que menos tienen. Todas las demás nos superan». Sobre la de «ineficiente», apuntó al fuero laboral. «Tenemos 10 jueces laborales para una población, jurídicamente hablando, de 1.300.000 habitantes, lo que significa un juez cada 130.000 habitantes. Es muy poco, estamos bajísimos en eso. Necesitaríamos como mínimo el doble. Es cierto que se atrasan, pero tenemos muy pocos jueces para resolver. No ocurre eso en Civil, donde tenemos una cantidad de jueces importante y, habiendo cambiado el procedimiento, hoy yo no digo que es para aplaudir pero los tiempos de una causa civil son razonables, muy razonables. El laboral no podemos decir lo mismo, dura mucho más tiempo, pero yo adjudico mucho a la carencia de jueces. Queremos encarar un cambio también en el procedimiento y hacerlo parecido al civil, que ha dado tanto fruto».
La oralidad y la digitalización, las deudas y los avances
Falistocco apuesta fuerte a la oralidad hacia el futuro. «Yo creo que el juicio oral va a terminar imponiéndose en todos los fueros. En civil tenemos un mix, pero ese mix ya permitió acortar muchísimo los tiempos del proceso civil. No solamente porque acorta, sino porque la oralidad permite que las partes conozcan al juez. En materia civil, por ejemplo, te desalojan o te ejecutan y vos no conociste al juez. Hasta el cambio que hicimos en los últimos años, donde hay un proceso que tiene una parte oral: hay una demanda por escrito, una contestación por escrito, ofreciendo prueba, y después el juez cita a las partes y trata de resolverlo en las audiencias, en la primera o la segunda audiencia. Si no, dicta la sentencia. Ha cortado muchísimo. En materia penal se ha visto que es lo que corresponde, además del punto de vista constitucional, tanto por la Constitución de la provincia como de la Nación. Así que la oralidad es una deuda que tenemos para seguir apostando».
La informática, en cambio, es uno de los avances que exhibe con orgullo. «Hemos hecho un salto importantísimo. Un abogado hoy contesta un escrito de la otra parte o introduce un escrito de él paseando por Plaza Mayor en Madrid, hoy se ve mucho menos gente en los pasillos del tribunal. El tribunal hasta antes de esto era un pueblo que caminaba allí dentro. Entraban alrededor de 6.000 personas por día. Le faltaba el cura y era un pueblo. En eso hemos hecho un avance muy grande. Por supuesto que hay que seguir apostando para tener un sistema informático mejor. Estamos haciéndolo en materia penal y en materia civil, también estamos introduciendo modificaciones».
La Corte de siete miembros y la transición
Falistocco también está conforme con haber elevado el número de miembros de la Corte a siete. «Siempre me había manifestado que había que salir de eso, porque la paridad a veces daba casos donde estábamos tres a tres. Entonces había que llamar a un camarista para que desempate. Y no me parece bien que un camarista desempate, no porque tenga una mirada de superioridad sobre otro, sino porque no se puede hacer una jurisprudencia clara. Usted tenía un caso igual al año siguiente y se sorteaba otro camarista, y a lo mejor el que quedó en minoría, con la llegada de este otro camarista al año siguiente, pasaba a ser mayoría. Entonces nunca creábamos una jurisprudencia estable, porque dependía del cuarto voto, que era un camarista sorteado. Al ser un número impar, le da mucha más certeza y fortaleza a las decisiones de la Corte Suprema».
Sobre la designación de su reemplazante antes de que cumpla su mandato, que algunas organizaciones de abogados calificaron de desprolija, se limitó a decir: «No es lo que se acostumbraba a hacer, pero bueno, son cuestiones de política de las cuales siempre me he inhibido de opinar. Ellos habrán medido los tiempos por determinados motivos y habrán pensado que era el momento. No tengo otra cosa que agregar, porque bueno, deciden los otros dos poderes del Estado: uno envía el pliego, el Ejecutivo, y la Legislatura aprueba o rechaza. Ese funcionamiento que está previsto en la Constitución se dio. En cuanto a los tiempos, si fue mucho antes o no, eso es cuestión de análisis político».
El retiro y lo que viene
Falistocco cree que su ciclo está cumplido. «Sí, creo que sí. Estoy bien. No me voy a alejar del todo del derecho ni de la vida institucional, en cuanto a poder dar con más libertad algún día una opinión, no sé si partidaria, pero sí institucional. El día que me pidan alguna opinión sobre esos trazados, diríamos».
No se ve en la política electoral, pero le hubiese gustado ser constituyente. «El día que le tuvimos que entregar al Tribunal Electoral los diplomas a los constituyentes, el presidente que yo era en ese momento hizo un pequeño discurso y arranqué con eso: que me hubiese gustado estar del lado de los que le entregaban. Ese es un rol que me hubiese gustado. Y se podía: un juez de la Corte podía ser constituyente, yo creo que sí».
El retiro será en noviembre. «El día preciso del mes todavía no lo sé, porque tengo que ver también el caudal de trabajo que hay adentro de la Corte, donde he emitido votos en muchos expedientes y a lo mejor sin mi voto no puedan salir. Entonces hay que medirlo en función de eso. Pero dentro del mes de noviembre, seguro».
¿Qué hará con el tiempo libre? «Hago gimnasia dos veces a la semana y los sábados juego al fútbol. Eso sigue. El día que no haga el bolso para ir a jugar, ahí sí que me voy a sentir mal».
