miércoles, 11 febrero, 2026
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Taxi Driver: la violencia nunca termina

Cuando se cernía la noche más oscura sobre el entramado social argentino y el terrorismo de Estado daba sus primeros zarpazos sin ocultarse en marzo de 1976, en EE.UU. una película ocupaba una gran cantidad de salas en casi todos los estados. La ficción mostraba a un veterano de Vietnam dado de baja antes de tiempo –al parecer honorablemente– que trabaja de taxista durante las noches en la hiperkinética y desbordada New York de los setenta, donde el paisaje está poblado de vicios, delincuencia, crímenes y todos los efectos colaterales que tales prácticas provocan.

No pasará mucho tiempo para que el veterano Travis Bickle –que porta la figura de Robert De Niro en un trabajo verdaderamente extraordinario– se asimile como una máquina de violencia que decide castigar a los “pecadores” en una personalísima versión de juez y verdugo con una misión redentora. La película era Taxi Driver, una verdadera joya del cine norteamericano y uno de los hitos en la obra de Martin Scorsese, su director, con un guionista que sería una marca identitaria para el realizador, Paul Schrader, perfecto conocedor de la destrucción del sueño americano desde los pliegues internos de una sociedad decadente.

El film representaría mejor que cualquiera de sus contemporáneos –y hubo mucho cine elaborado y urticante en los 70– esa desolación y una violencia enquistada que iría profundizándose hacia adentro, como lo prueban las matanzas en universidades o centros comerciales que algún desquiciado –dilecto hijo de esa sociedad que lo produce– provoca cada vez con más consecuencia y efectividad. Como pasaría con varios títulos de Scorsese, Taxi Driver fue un éxito comercial pese al retrato ácido y provocador de esa sociedad cuyos miembros asisten masivamente a verla… ¿para espiar en que se habían convertido?…

El escarmiento

Schrader había escrito el guion en 1972, pero Scorsese no lo tuvo en sus manos hasta cuatro años después; mientras, probaba algunos de sus rasgos distintivos en la que sería la formidable Calles peligrosas (1973) –con un ya descollante De Niro–, temáticamente deudora de su incisivo debut con Alguien llama a mi puerta (1967), que descubrían un mundo difícil, cruel e injusto. El escueto presupuesto de un millón y medio de verdes fue determinante para un film considerado demasiado “radical” para los estudios, porque sin dudas Taxi Driver consigue captar cabalmente algo del zeitgeist de la época, mejor dicho, el desencadenante de una violencia que hoy tiene su perfeccionada expresión en los parapoliciales del ICE –integrado por perfectos sucedáneos de Travis Bickle– y en el estrato social –más allá de quienes lo resisten– que lo sustenta votando a quien lo crea.

El plano recurrente de los ojos de Travis Bickle es el eje sobre el cual se estratifica la demencial nocturnidad neoyorkina, es decir, todo lo que pasa va siendo medido por su punto de vista, desde el vamos una mirada alterada por la falta de sueño, por un insomnio impiadoso que va volviendo sórdido todo lo que se le pone adelante y que irá acumulándose como capas tenebrosas en una mente proclive al desequilibrio. Lo que se escucha durante buena parte del relato es la voz en off de Bickle que parece apuntar lo indeseable a modo de un diario íntimo, casi una letanía temible que preanuncia un día del juicio final, un escarmiento que su misma mirada aviesa deja entrever.

Se escucha entonces: “Todos los animales salen por la noche: las reinas, las hadas, los cocainómanos, los heroinómanos; un día va a caer una verdadera lluvia y va a lavar toda la basura de las calles”. El momento inicial del devenir infierno tendrá lugar mediante la aparición de Iris, la puta adolescente que explota el cafishio Sport, una prueba concreta del deterioro moral del que Bickle abomina y al que se dispondrá a combatir.

Odio y soledad

Cuando le preguntaron a Schrader si su guion comentaba social y políticamente la época y su país, respondió que algo de eso había: “Creo que involuntariamente estaba ese latido de las calles, porque yo viví un tiempo literalmente en ellas”, expresó, pero que lo que primaba sobre todo era un relato sobre la soledad, y eso no deja de verse en las tribulaciones de Bickle, un tipo que trama su “venganza” frente al espejo de su mísero departamento.

La “venganza” de Schrader, en cambio, sería la escritura de Taxi Driver, puesto que él mismo venía cayendo en picada con los avatares de su vida personal: por desavenencias con su mentora, la crítica Pauline Kael, había perdido su trabajo en el American Film Institute; su primer guion –titulado Pipeline– no había encontrado interesados; estaba divorciado y su relación con la amante que lo había provocado terminaba; no tenía lugar donde vivir y lo hacía en casa de amigos o en su propio auto; vivía borracho casi la mayor parte del día hasta que una úlcera indoblegable lo depositó en un hospital. Ahí le bajó la ficha de que no tenía de dónde agarrarse y la soledad lo asfixiaba.

Visto desde aquí, Taxi Driver parece ser más una historia de Schrader que de Scorsese, sin embargo el film está impregnado de la visión de este último, esencialmente en algunos aspectos que se intensifican, como el racismo o el sexismo, y si bien la soledad  de Bickle parece tener un origen existencial, el realizador deja en claro que ese odio y soledad son impuestos socialmente; hay algo en el entramado por donde se mueve el taxista que respira hipocresía, ya se trate de la militancia política o del entorno laboral, es decir, todo funciona mal, las asimetrías definen las relaciones sociales y la expectativa de un cambio es inexistente.

Es Scorsese, en su puesta en escena, el que desenmascara los intersticios por donde se cuela la desarticulación social y señala  que el carácter del odio de Bickle –de un perdedor podría decirse– es instigado culturalmente y descargado contra los que están un escalón más debajo de su condición, no precisamente con los que están arriba, concepto que se define en la fórmula “pobres contra pobres” con que el poder hegemónico promueve su descarte de “indeseables”.

¿Me estás hablando a mí?

Bickle ama las armas y, como se sabe, a veces eso limita con intenciones suicidas –las matanzas en establecimientos públicos en EE.UU. suelen terminar con el asesino disparándose antes de ser apresado–; ese tipo de personajes suelen ser solitarios, sin conexión real con otros, y un taxista era ideal para calzar todo lo que los compone: tipos que trabajan muchas horas por día hablando con gente que no conocen y con la que a veces solo intercambian interjecciones, y además tienen la posibilidad de ejercer esa mirada panorámica sobre la descomposición social del contexto.

Ese punto de vista, Scorsese –y Schrader, claro, que escribiría otros guiones para el director– la perfeccionarían a través de otros títulos, pero también, por momentos, hay otros hechos por fuera de la cabeza de Bickle, como la del cafishio seduciendo a la adolescente que después prostituirá, o el militante que bromea en plena campaña política de un candidato progre con su compañera de trabajo, que no es otra que la que el taxista se levanta y en su primer encuentro la lleva a ver un film sobre educación sexual –en tono soft-porno– que estaban de onda en esa época.

Hechos que luego explotarán en la cabeza de Bickle cuando quiera salvar a la niña intentando eliminar al cafishio o intentando hacer lo mismo con el candidato cuando la militante lo rechace, alarmada por sus hábitos. La descomposición moral, la locura o la violencia del mundo están ahí parece decir Scorsese, pero provocadas por un estado de cosas que tienen que ver con la descomposición producida por  la guerra de Vietnam, el Watergate; por el sueño americano desvaneciéndose en los engaños del poder político y de los poderosos.

Hay algo que subyace en Taxi Driver y es que el mundo, ese país, esa ciudad particularmente, parece perder sentido en cuanto a la aspiración de una armonía, justicia e igualdad, pilares constitucionales que parecían regirlo. Scorsese hurga en esa herida con poética eficacia, con un montaje de escenas que –aunque pasen pocas cosas– no dan respiro. Las escenas de Bickle frente al espejo de su cuarto manipulando armas o hablándole a su imagen mientras desenfunda, dan cuenta mejor que ninguna otra del grado de locura que se cocina en su cabeza. “¿Me estás hablando a mí?, porque no hay nadie más aquí…» pregunta el taxista imaginando un otro amenazante, frase que De Niro improvisó luego de haberla escuchado de boca del cantautor Bruce Springsteen en un recital. Schrader había confesado, luego de que Taxi Driver fuera nominada al Oscar, que antes de sentarse a escribir el guion había releído La náusea, de (Jean-Paul) Sartre, lo que revela algo del espíritu que anima la conciencia desatada de Bickles.

Un acto desesperado

En su momento Taxi Driver tuvo una recepción favorable, pero ponderada de modo algo sesgado, como que destacaba a un vengador anónimo haciendo justicia por mano propia y que los medios rescatan como el salvador de una niña forzada a la prostitución. Y en realidad, nada parece apuntalar esa visión en el relato. Iris no desea ser salvada de nada, porque lo menos que quiere es volver con su familia, ya que la considera lo más perjudicial para su vida; lo de Bickle no es justicia, es un acto desesperado de castigo hacia cualquiera, como cuando se dispara un arma sobre una multitud, y lejos está de Scorsese glorificar la violencia, aunque siempre ha admitido que es constituyente de su cine porque es un elemento vital de la sociedad contemporánea.

El asunto es cómo se muestra esa violencia a partir de los recursos formales y estéticos disponibles en la cabeza del autor. Scorsese demostró saber cómo hacerlo en una época vibrante de acontecimientos violentos como lo fue la década del 70 del siglo pasado y lo hizo a partir de un cine personal, de riesgo, jugado, potente, sin concesiones, algo que los grandes estudios querían erradicar como a la peste. Fundamentalmente porque la violencia desplegada en Taxi Driver no era la gratuita y justiciera del cine mainstream, sino una que intentaba comprender sus raíces, profundamente constitutiva de la sociedad norteamericana. 50 años después, esa violencia –hoy hasta ejercida por el propio Estado– sigue intacta. Una razón entre muchas para volver a ver Taxi Driver.

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