Sobre la avenida Belgrano, entre la rotonda de Rioja y la subida de San Juan, un predio de uso público alberga a personas que viven en vehículos acondicionados. Dos de ellos relataron sus experiencias.
Sobre la avenida Belgrano, entre la rotonda de la calle Rioja y la subida de San Juan, se extiende una lonja de tierra que a principios del siglo XX tuvo usos portuarios. Por una calle interna paralela a la avenida, frente a las guarderías náuticas y el club MOP, al lado del edificio de Telefé Rosario, se accede a un playón de estacionamiento al aire libre donde se ubican motorhomes de distintos colores y tamaños. La cantidad es variable, según indicaron personas que utilizan el lugar, porque los vecinos llegan y se van con frecuencia.
En el predio hay furgones, casas rodantes, vans y minibuses en los que viven parejas, personas solas y mascotas. Algunos tienen banderas de distintos países, leyendas viajeras y calcomanías de lugares visitados.
Osvaldo, de 53 años, vive en un ómnibus de pasajeros de La Plata. En 2024 quedó varado en Rosario luego de que le robaran el cableado eléctrico del vehículo. Según relató, en cuanto termine de repararlo viajará a Brasil con su esposa, oriunda de ese país.
“Yo vivía en Buenos Aires y tenía un comercio. Para ir a comprar a la fábrica atravesaba la Panamericana tres veces por semana de punta a punta. En 2019 me agoté y me planteé cambiar de vida”, recordó sobre los inicios de la aventura. Primero se hizo “motero” y luego acondicionó un utilitario marca Iveco Daily 3510 para pernoctar. Con la idea de tener más espacio y comodidad, hace dos años adquirió en CABA un colectivo de diez metros de largo, al que despojó de sus asientos para continuar con la adaptación. Rumbo al norte de la provincia, pasó por Rosario para visitar a parientes radicados en la zona oeste.
Un llamado por un problema familiar en Brasil lo hizo salir de urgencia. Cuando semanas después regresó con su pareja, encontró que al vehículo “le faltaba toda la parte eléctrica, lo que hace que funcione porque es automático. Meterlo en un galpón hubiese sido lo apropiado, en lugar de dejarlo en la calle, pero la gravedad de la situación no nos dio tiempo a resolverlo”.
El colectivo no arrancaba, ni se desbloqueaba ni podía acarrearse, según rememoró Osvaldo. Primero ubicaron una grúa especializada que lo desbloqueó y lo llevó hasta el playón público que tiene ingreso por la calle Comunidad Foral de Navarra, en inmediaciones de la estación Fluvial. Un año después, una empresa aceptó arreglarlo y pasó dos meses en el taller. “El costo fue muy elevado, pero ahora estamos con todo al 80 por ciento, nos falta muy poco y volvemos a Brasil porque mi esposa quiere ver a sus hijos”, amplió el hombre nacido en Reconquista, que también es padre de tres hijos ya adultos.
Amigos, gente conocida y miembros de la comunidad de rodanteros se acercaron en estos meses a acompañar y a prestar apoyo, según indicó Osvaldo. El terreno que en el siglo pasado cobijó un puerto abierto al mundo se fue instalando de boca en boca y de ruta en ruta como una referencia en Rosario para aquellos que también zarpan todo el tiempo hacia nuevos destinos.
“Los visitantes vienen desde todos lados —de Europa, de América—; aparecen unidades que por ahí veíamos en YouTube o en plataformas europeas. De los más chiquitos, por ejemplo un Fiat 600, hasta vehículos enormes, de doble piso, cuatro por cuatro, y de distintas nacionalidades”. Quien dio fe de este trajín es Ariel, de 47 años, llegado desde Santa Fe con su pareja, de la misma edad. Es electricista y un año atrás “se mudó” a una Fiat Ducato modelo 97, no sin críticas de su entorno. Consideró esa experiencia “un escalón” que le permitió conocer “otro mundo”, al que le atribuyó las cualidades de “placentero”, “solidario” y “loco”. La semana pasada compró un utilitario marca Mercedes-Benz 515 que funcionaba como minibús y, aunque le falta migrar las duchas, ya es autosustentable: tiene baño, depósito de agua potable y aguas grises, además de provisión de energía a través de paneles solares.
“Muchos nos dijeron: «Ustedes son medio hippies», pero no entiendo a qué se refieren”, admitió Ariel, que trabajó desde chico y después de los cuarenta sintió que debía cambiar de lógica. Siempre le había gustado viajar y acampar con su familia, pero ahora que los hijos crecieron puede tener siempre la casa a cuestas y cambiar de barrio o de ciudad. Allí donde va, ejerce su oficio.
“Mi esposa y yo tuvimos accidentes laborales, lo cual fue un punto de inflexión para preguntarnos en qué momento íbamos a disfrutar de la vida. No se trata solo de dinero y de pagar las cuentas”, siguió Ariel, y aclaró que con el nuevo esquema gasta un tercio de lo que insume una casa. “Eso también es muy significativo. Y tener más libertad te limpia la cabeza. Ahora trabajo y gano menos, pero disfruto mucho más”, advirtió. Los fines de semana sale del playón por el pasaje empedrado hacia lugares más tranquilos. En las inmediaciones hay boliches que tornan la zona “muy bulliciosa” y no falta quien le golpee los vidrios de la combi, protagonice una pelea o lance al aire una botella.
Salvo esos momentos, los dos rodanteros consultados consideran a la zona tranquila y vigilada. Osvaldo, que antes quería ir de Ushuaia a Alaska, descubrió que lo importante para él no es el viaje, sino el modo de vida nómade que ha decidido adoptar. Según se comenta en el ambiente, cada vez hay más restricciones en distintas localidades para los cultores de esta filosofía. “Rosario hasta ahora acepta nuestro estilo de vida. Nosotros vinimos (al playón) porque es un lugar abierto, público, gratuito, y necesitábamos seguridad después del robo de cables. La gente que pasa por acá también es turista: pasean, consumen, cargan combustible en la ciudad”, observó Osvaldo, que se mantiene vendiendo artesanías, bizcochuelos y alfajores.
“Siempre fuimos laburantes; siempre. Para pagar cosas de la casa, las cuentas, lo de los chicos, todo. Ahora los hijos ya son grandes y eso también nos permitió tener independencia: ya cumplimos con nuestra responsabilidad, ¡y huimos!”, remató Ariel.
