En un contexto de escándalos y debilidad política, el oficialismo enfrenta dos posibles salidas: una derecha moderada con nuevos rostros o un peronismo reciclado que aprendió de sus errores fiscales. Mientras tanto, figuras como Patricia Bullrich y Sergio Massa emergen como actores clave.
Flojo en inspiración, sin suerte y cercado por escándalos que se multiplican, es cada día más difícil que Javier Milei pueda recomponerse con otro milagroso tuit de Scott Bessent. Del laberinto libertario se sale por la derecha módica, con otros nombres presentables pero el mismo rumbo, o por la alternativa arrebatada del peronismo resignificado que aprendió lo poco rescatable del Gobierno de Consultores: superávit y nunca más déficit fiscal. Lo que está en juego exactamente es el poder. Tampoco abunda espacio para que Milei se cargue al hombro la utopía de la reelección para forzar otros cuatro años de cascadas.
Súbita revaloración
La derecha módica produjo la penúltima sorpresa ideológica: la súbita revaloración de Mauricio Macri. Parecía haberse resignado a ser abducido por el fenómeno Milei, pero despertó con la redención explícita, en sintonía con los balazos en los pies que exhiben la vulnerabilidad del aductor.
Milei confundido trata con ligera agresividad a Paolo Rocca, degradándolo como si fuera un ensobrado cualquiera, otro econochanta de la colección. La comida de Rocca con Macri derivó en el punto de partida de la revalorización entre los miembros del Círculo Rojo que padecen espantados por las formas bruscas de Milei, quien no pasa una tarde sin atacar empresarios o periodistas que se atrevan a cuestionarlo.
Por el costado presentable de la derecha asoma también Patricia Bullrich, influencer permanente que activa la política desde hace 54 años. Registra en su trayectoria nunca menos de 15 jefes políticos, desde Rodolfo Galimberti hasta Carlos Menem, con escalas en Gustavo Beliz, Ricardo López Murphy, Elisa Carrió, Macri y por último Milei, a punto también de ser abandonado. Patricia planta severas distancias con Manuel Adorni, protegido en defensa propia por Karina Milei.
La emancipada
El penúltimo ciclo resultó paradójico. El peronismo produjo exitosamente el fenómeno Milei para que Juntos por el Cambio no sucediera al frágil gobierno de Alberto Fernández. Pero Milei tuvo la oportuna destreza de trasladarse hacia Acassuso al día siguiente del ballotage para pactar con Macri y conseguir la financiación para avanzar con Bullrich contra el populismo peronista. A los efectos de vencer a Sergio Massa y utilizar las vibrantes tesis desreguladoras de Federico Sturzenegger, preparadas para el lucimiento gestionario de Bullrich aunque aplicadas como innovaciones del fenómeno Milei.
Milei triunfó, aunque para gobernar con Bullrich y desde Bullrich, heroína que sin reparos plantó la presidencia de PRO para militar en La Libertad Avanza junto con los legisladores que la siguen. A esta altura, Bullrich es la única figura de la formación que no depende en absoluto de Milei ni de Karina Milei. Patricia, ya emancipada, va a plantarlos sólo cuando lo sienta necesario, probablemente pronto, para rendir tributo a la trayectoria iniciada en aquella juventud maravillosa.
Cinismo colectivo
Mientras tanto, el Círculo Rojo mantiene la relación cínicamente colectiva con las resignificaciones del peronismo. Los empresarios solían forrarse siempre con el dinero producido con los populistas desdeñados, aunque tuvieran que poner alguna moneda para las campañas que se ventilan hoy en Comodoro Py. Resultó siempre redituable, aunque les generaba dilemas culturales: ganaban un dinero brutal sin obligación de reconocer las transformaciones del menemismo, el crecimiento desmedido durante la instancia antagónica de Néstor Kirchner, el rescate del precipicio de la Alianza de 2001 que protagonizó Eduardo Duhalde, o la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Los empresarios preferían apoyar las alternativas moderadas que tenían paulatino destino de encuadernamiento, por haber negociado con los peronistas malditos mientras se tapaban la nariz.
Transgresión de normalidad
En eterna crisis de identidad, el peronismo cambia de piel, se recicla, mantiene vertientes diferenciadas. La extraña transparencia de Axel Kicillof, que gobierna la Provincia de Buenos Aires autorizado como caudillo bonaerense por Cristina Fernández, ahora se resiste a reconocer en Axel la chapa del jefe político. Otra vertiente la encabeza Sergio Uñac, con 56 años, que tiene el previsible prestigio de gestor competente complementado por el rostro confiable de gerente de banco. La próxima transgresión será la moda de la normalidad. Uñac se instala en la fila de peronistas aceptables, estilo Juan Schiaretti, Martín Llaryora o Gerardo Zamora.
Para cerrar, nunca se debe descartar al otro Sergio. Con 54 años, Massa fue dos veces candidato a presidente. Nadie puede asombrarse que planifique una tercera. Conserva la penúltima bala en la recámara y se sabe preparado para gobernar el país que arrastra la sociedad desconfiada. Pero Massa tiene pendiente la Presidencia, aunque puede transformar la Provincia de Buenos Aires, que conoce como nadie, para darla vuelta, hacerla más viable, dividir distritos o concederles a los minigobernadores apenas una sola reelección.
