El Gobierno nacional redobló su apuesta por la inversión privada con el «Súper RIGI», un esquema de incentivos fiscales para sectores estratégicos. El economista Germán Rollandi analizó su alcance y advirtió sobre los desafíos estructurales que limitan su impacto inmediato.
Ante la necesidad de revertir una economía estancada y superar la caída en indicadores clave, el Gobierno nacional redobló su apuesta por la inversión privada. El eje de esta estrategia es el llamado «Súper RIGI», una versión potenciada del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones que busca atraer capitales hacia sectores estratégicos mediante una desgravación impositiva agresiva y facilidades operativas.
El economista Germán Rollandi explicó la dimensión de estos cambios: “En este Súper RIGI las ganancias que habían bajado en el RIGI del 35% al 25%, ahora baja al 15%. La amortización acelerada en ganancia: toda la plata que yo invierta la puedo descontar en los primeros 3 años”.
Además de los beneficios en el Impuesto a las Ganancias, el esquema elimina los derechos de exportación desde el primer día y facilita la importación de insumos y bienes de capital sin alícuotas impositivas, buscando eliminar las «zonas grises» que habían dificultado la aplicación del régimen original.
Sin embargo, economistas y analistas advierten que los beneficios fiscales, por sí solos, no garantizan una reactivación inmediata ni el motor de empleo que el país requiere. Rollandi señaló que la naturaleza de estas inversiones es estructuralmente lenta. “Si yo digo, voy a invertir en una mina 15.000 millones de dólares, el problema es que eso lo voy a invertir durante su vida útil. El primer año probablemente entren 300, 400 millones de dólares, que para el volumen que uno compara y lo que necesita Argentina no parece un movimiento demasiado grande”.
Además, el especialista subrayó que la inversión no depende solo de incentivos impositivos. Al comparar el caso argentino con el brasileño, sostiene que “la reconversión es muy ambiciosa y no va a depender solo de los incentivos. Podés prometer que no van a pagar nada, pero el tema infraestructura y la mano de obra son fundamentales”.
El Gobierno enfrenta una paradoja: mientras mantiene el superávit fiscal y logra reducir la inflación, la economía real muestra signos preocupantes. Los indicadores del primer trimestre revelan que, pese a los esfuerzos, la inversión en bienes de capital cayó un 7,8%, y los sectores más generadores de empleo, como la industria y la construcción, atraviesan una crisis profunda. “La industria en marzo quebró 8 meses consecutivos de caídas interanuales. Ahora, cuando uno ve el acumulado del primer trimestre, está 12,3% abajo la industria”, alertó Rollandi.
En este contexto, el mercado le exige al Poder Ejecutivo una señal clara de crecimiento, bajo la premisa de que un superávit sin desarrollo económico tiene «patas cortas». De cara al cierre del año, las expectativas de crecimiento según el especialista fueron recortadas, pasando de proyecciones optimistas iniciales a un modesto 2%, dejando en claro que la recuperación será un proceso gradual y, por el momento, de intensidad limitada.
