En cualquier época del año pasean por la costa central miles de residentes y turistas, de cara al río Paraná y las islas. La mayoría ignora que camina sobre ocho o nueve ramales de ferrocarril, y que por allí circularon otros tantos miles de personas, además de toneladas de cereales y mercaderías, desde la segunda mitad del siglo XIX. Un punto clave de aquel complejo ferroportuario se ubica a la altura de la calle España, donde en 1866 se erigió la primera estación de trenes del interior del país, que transportaba cargas y pasajeros. La edificación sigue en pie, con otro uso. En tanto la actual Casa del Tango, que también pertenecía a ese conjunto, ostenta en su techo el tanque que alimentaba los acuíferos para las máquinas a vapor; quien levanta la vista podrá distinguirlo todavía.
Todo en la zona que hoy es parque público y polo gastronómico tiene un sentido diseñado inmediatamente después de la batalla de Caseros, cuando el destino de Rosario empezó a cambiar. Una historia cuyos alcances pasan desapercibidos para los transeúntes. ¿Qué pasó exactamente en ese predio?
Sitio histórico
Luego de que en febrero de 1852 el líder federal Justo José de Urquiza derrotara a Juan Manuel de Rosas en Caseros, nada fue igual para la villa del Rosario: a los seis meses la declararon ciudad y salió beneficiada con la nueva política de libre navegación de los ríos. En 1854, ya presidente constitucional, Urquiza firmó los contratos para la construcción del ferrocarril entre Rosario y Córdoba, aunque la concesión y explotación la adjudicó su sucesor Bartolomé Mitre en 1863; en 1877 quedó habilitado en la ribera central, a la altura del 1700, un embarcadero con un muelle para naves a vela.
El flujo comercial y el sistema de muelles privados a partir de la gran producción de las colonias agrícolas fue tan grande que se decidió la construcción un puerto moderno más al sur. Desde 1903 la franja que había alojado la actividad portuaria perpendicular a la calle España (entonces Buen Orden) quedó desafectada, aunque continuaron los usos ferroviarios por noventa años. Sobre la ancha explanada en declive que había soportado la conexión entre la estación y el embarcadero (una vía pegada al muro que contiene la barranca), se afincaron clubes de pesca, en principio de grupos de trabajadores al tanto de las peculiaridades del área y de su infraestructura. Es decir, viejos muelles, puentes de ladrillos, cañerías, pilotes y planos inclinados.
casa del tango
La actual Casa del Tango ostenta en su techo el tanque que alimentaba los acuíferos para las máquinas a vapor.
Marcelo Bustamante / La Capital
Precisamente hay que descender hacia el río, por una larga escalera metálica o por ascensor, para enterarse de estos detalles. Los cuenta una muestra con carteles explicativos en la terraza del restaurante Bajada España, que desde 1999 está literalmente ubicado encima de la peña náutica del mismo nombre (el piso del comedor es parte del techo del club). Uno de los responsables del salón gastronómico, Daniel Nardone, exhibe fotos y postales antiguas que consiguió por iniciativa propia, objetos alusivos y vestigios materiales de aquel pasado ferroviario, el que añora pueda conocerse mejor.
De hecho, Nardone propuso años atrás la creación de un “centro de interpretación”, como ocurre en otros sitios turísticos que ocupan varias hectáreas. Nutrió su perspectiva el trabajo del historiador Ernesto Ciunne sobre esa zona de la ribera, que era propiedad del Ferrocarril Central Argentino (FCA). “El sistema ligado al patio de maniobras del ferrocarril favorecía el desarrollo de las operaciones de embarque”, se lee en el documento firmado por Ciunne en 2000, “Peña náutica Bajada España. Un lugar ligado a la historia de la ciudad”. La mercadería salía por el muelle de 450 metros inaugurado en 1877; arriba, pegados a la costa, la empresa tenía para 1902 siete galpones de depósito, según el primer censo de población, encargado por el intendente Luis Lamas.
Diálogo con los orígenes
La estación de trenes se llamaba Rosario y no sólo fue la primera de la ciudad, sino del interior del país, por eso en un momento se sugirió que se transformara en sede del museo ferroviario creado por ordenanza municipal en 1996. En el edificio que se conoció como Galpón 10, funciona desde hace 21 años la parrilla Don Ferro. A lo largo de la barranca, bajo nivel, se extienden asociaciones sin fines de lucro a las que el municipio en 2004 les cedió por convenio a plazo la superficie que ocupaban: además del club Bajada España, el Guillermo Tell (allí funciona un restaurante), el Mitre y la Peña Rosarina de Pescadores Deportivos.
Décadas atrás era dificultoso acceder al predio, separado de la ciudad por un paredón sobre la vereda de Wheelwright que de vez en cuando tenía algunos portones de ingreso. Las nuevas generaciones o los visitantes ni se imaginan el muro que se extendía a lo largo de tantas cuadras, de cuya existencia no quedó vestigio: lo tiraron abajo después de que el expresidente Carlos Menem desguazara el sistema ferroviario y una gran parte de los terrenos y las infraestructuras (algunas abandonadas, intrusadas) pasaran a la Municipalidad. Los vecinos pudieron por fin ver el río y disfrutar de nuevos parques públicos. La pregunta es cómo dialoga esta apropiación de los espacios con el patrimonio arquitectónico y con la primitiva actividad en el territorio, clave para el desarrollo urbano.
Mojones de memoria
Cerca del edificio de la exestación Rosario, frente al ascensor del club Bajada España, la construcción de ladrillos vistos con galería que otrora fue una oficina de control de tráfico y muelle del FCA aloja la biblioteca del Paraná, perteneciente a la Peña Náutica. A pocos metros se alza un pequeño chalet de tejas rojas, unido al primer inmueble por un jardín enrejado. En ese punto donde comienza el parque de las Colectividades, que a su vez se extiende hasta el museo Macro, aparece un curioso hito del siglo XVIII. Tenía cuatro placas, pero quedaron dos cuyas letras no se ven bien. ¿De qué se trata?
El Mojón del Arbolito de la Cruz es una señal ubicada originalmente en la línea separativa de dos propiedades. Sirvió como punto de partida para el primer trazado urbano o división catastral de la ciudad. Previo a cualquier trabajo sobre la tierra, se constituyeron parcelas, calles, plazas y servidumbres, se deslindó lo público y lo privado, y se sentaron las bases para la transferencia del dominio sobre los lotes constituidos, un acto fundacional que tuvo como referencia al arbolito. Fue repuesto por impulso del Colegio de Agrimensores a principios del siglo XXI.
Este y otros mojones de la memoria diseminados por el vasto predio proponen un viaje a través del tiempo, y esperan que sean muchos más los pasajeros.
